En el proceso del conocimiento del cerebro Rodolfo Llinás
(neurociencia) lo ve bajo el punto de vista funcional, aunque al parecer, su
objetivo último es hallar el lugar donde se ubica la conciencia. Este científico
hace hincapié en el estudio de las neuronas y sus conexiones y en los
movimientos que generan en el cuerpo.
Investiga el sistema nervioso de los calamares porque sus
neuronas son enormes y se puede observar con más claridad todo el proceso,
incluidas las señales eléctricas, utilizando microscopios de alta resolución y
micromanipuladores de alta precisión. Con esto investiga los mecanismos
que convierten el pensamiento en movimiento; o dicho de otra manera: Cómo
las neuronas motoras activan los músculos. También quiere averiguar el
mecanismo que produce los sentimientos y cual es el proceso neurológico
de estos sentimientos. Al parecer el calcio, como elemento bioquímico, tiene
una importancia fundamental en el transporte de información dentro del cerebro.
Según el profesor Llinás, la conciencia reside en el tálamo por ser este más
antiguo en el proceso evolutivo que la corteza. El tálamo realiza la función de
unir la percepción del mundo exterior con el contexto interno del cerebro.
También ha descubierto que las distintas neuronas tienen funciones específicas
y que no son intercambiables con otras de distinto tipo.
Eudald Carbonell (arqueopaleontología y
antropología), por otra parte, pretende comprender el cerebro a través de
su evolución e incide en la socialización, considerando esta como el
gran motor de su progresión.
Nos dice que aún desconocemos la complejidad estructural y
funcional del cerebro, no dejándonos de sorprender su capacidad de síntesis y
abstracción. Nos habla de la correlación cerebro-mente producto de la síntesis
entre la hominización biológica y el proceso cultural o socialización. El
cerebro, con el paso del tiempo ha creado la mente y esta a su vez ha moldeado
el cerebro. Investigar sobre esta evolución del cerebro-mente y cómo
surge el pensamiento complejo, es el reto apasionante de los próximos años. Su
conclusión es que ha sido nuestra conducta social la que nos ha diferenciado de
los otros primates. Nos advierte de que sin mente no habría cultura, pero que
sin cultura no habría mente. Por lo tanto se trata de un proceso
retroalimentativo que apareció evolutivamente en un momento determinado y que
fue creciendo con el tiempo por el camino de la adaptación dentro de la
selección natural y que luego va en aumento por el mecanismo del “saber compartido”
que se va convirtiendo en universal. Aparece pues la mente social con su
capacidad de acumular y transmitir conocimiento basado en la adaptación
a situaciones cambiantes. La acción sobre el medio y las soluciones a los
problemas crecientes en complejidad, ha sido la base de la sociabilidad de la
especie humana. Nos habla de la velocidad de transmisión sociocultural del
presente que viaja a grandes velocidades en comparación con el intercambio
lentísimo del pasado. Nuestro reto por tanto es comprender cómo pensamos
y descubrir cómo somos a través del entendimiento.
Mientras al primero le preocupa más lo puramente mecánico
(que lo podrá llevar o no al lugar deseado, donde reside la conciencia), el
segundo va más por los derroteros de la trayectoria humanizante del cerebro. Y
mientras a Llinás al parecer no le interesa demasiado la profundización de
la diferencia entre mente y cerebro ya que considera la primera simplemente
como un producto más de la actividad cerebral y alude a una y otro
indistintamente refiriéndose a lo mismo, Carbonell sí lo hace
entendiendo que aunque la base de todo está en el cerebro, lo cierto es que
éste crea a través de la experiencia un ente superior al meramente físico y que
denominamos mente. Es en este ensayo divulgativo que escribí hace algunos años
y que titulé Recapitulación, donde es posible que se vea esto de otra
manera.
Lo bien cierto es que no debemos perder de vista que este
órgano es probablemente una de las cosas más complejas que existen; que no se
le puede tomar en consideración solo, aislado de su cuerpo y entorno, con todo
lo cual forma un gran conjunto (la vida superior) y del que es la cumbre el Ser
Humano.
En el cerebro reside nuestro ser, nuestra identidad.
Nosotros no somos lo que vemos, nuestro cuerpo, con quien nos identificamos;
realmente somos nuestro cerebro. Lo verdaderamente curioso del
asunto es que precisamente por esto, los antiguos egipcios al no ser
conscientes de ello, en el proceso de momificación del cuerpo para que sirviera
de soporte al “alma” en el más allá, al identificarse con el cuerpo y pretender
su “no destrucción”, procedían al “vaciado” de los órganos que pudieran
llevarlo a la desintegración; y mientras preservaban algunas vísceras fuera del
cuerpo y las depositaban en los vasos canopos, extraían el cerebro por
la nariz y desdeñándolo se deshacían de él. En el otro mundo necesitarían
además del cuerpo otros órganos (hígado, pulmones, estómago e intestino), y no
les haría falta el cerebro, precisamente donde junto con el cuerpo reside la
personalidad.
Es evidente que si queremos hacer caso de aquello que
sabiamente decían los monjes de Delfos sobre lo de conócete a ti mismo,
deberíamos echar un vistazo general hacia dentro y hacia fuera, lo que incluiría
la comprensión de este órgano junto con el sistema endocrino del
individuo, la evolución de la Humanidad junto con el Planeta que habita, y si
insertamos esto con el todo (el conocimiento del Universo)… es posible entonces
que definitivamente demos el gran paso y dejemos parte de la carga más animal
que soportamos, pasando a ser más humanos si cabe. Tarea ardua y difícil, pero
que bajo mi punto de vista, este vendría a ser quizás el último fin del Ser
Humano.
Se trata de la comprensión y abstracción del todo, del que
puede surgir un gran sentimiento de amor distinto de lo que convencionalmente
entendemos que es. Desconocemos aún dónde se genera este sentimiento y qué
mecanismo lo produce, pero es muy probable que tenga que ver con el Panteísmo
que ya tocamos en anterior ocasión.
Juan-Lorenzo
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